Por Sonia Tessa.

Viejas, flexibles, vitales

Viernes, 26 de Febrero de 2010

Canal: Envejecimiento y vejez

Una de las obsesiones de la sociedad occidental ha sido alargar la vida de las personas. Los avances de la ciencia y la tecnología médica consiguieron que en esta primera década del siglo XXI, tener más de 100 años siga siendo excepcional, pero no imposible. Y que de los niños y niñas nacidos en el año 2000, la mitad pueda aspirar a vivir un siglo. Eso sí, si nacen en Jujuy, por ejemplo, sus posibilidades se achican. Y si lo hacen en la ciudad de Buenos Aires se hacen mucho más palpables. Porque la cuestión social, por supuesto, es fundamental en las expectativas de vida. En la Argentina, según datos del Pami, hay casi 3000 personas centenarias. Y el 79 por ciento son mujeres. Esas mujeres nacieron cuando recién despuntaba el 1900, eran maduras el 17 de octubre de 1945, el televisor se hizo masivo cuando eran mujeres hechas y derechas. Vieron la llegada del hombre a la luna con 60 años. Ahora, las que tienen familia en el exterior saben chatear, y muchas tienen sus propios celulares. Atraviesan el océano de diferencias que las separa de nietos y bisnietos. ¿Por qué será que ellas son más longevas? El rol tradicional de las mujeres, en el que se educaron muchas de ellas, las alejaba del estrés tanto como les reducía las expectativas de desarrollo personal. Pero también las que pudieron sobrevivir, supieron adaptarse una y otra vez a los cambios y las pérdidas, encontrar nuevas motivaciones que muchas veces los hombres no avizoran. Y, sobre todo, según dicen las especialistas consultadas, son flexibles, no se aíslan, establecen lazos afectivos permanentemente, los renuevan, reinventan las ganas de vivir pese a las dificultades.

La abogada Isolina Dabove, directora del único Centro de Estudios en Derechos de la Ancianidad que existe en el país, que depende de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, apunta, primero, a una explicación cultural. “Las mujeres viejas, incluyendo las centenarias, no tenían el doble rol que tienen hoy, eran amas de casa, trabajaban en la casa. Si bien desde el punto de vista de las mujeres de hoy puede significar algo negativo, eso las preservó en cuanto a la longevidad, y es una diferencia con las presiones a las que estamos sometidas las mujeres de hoy”, indicó la profesional, quien apuntó otra razón: “La mayor capacidad de adaptación a los cambios que suele estar presente en la mujer”. Por su parte, la doctora en psicología y directora de las carreras de grado y posgrado de Gerontología de la Universidad Maimónides, Graciela Zarebski, plantea que la flexibilidad es clave, y anota otra cuestión: “Desde el punto de vista psicosocial, que es mi tema, nosotros sostenemos que las mujeres son las que participan mayoritariamente en las actividades comunitarias, como talleres o grupos para adultos mayores. Es un dato muy importante porque consideramos una condición para una longevidad saludable la participación activa, ese es el lema actualmente de Organización Panamericana de la Salud y los Organismos Internacionales, la vejez activa”. Dabove, por su parte, reivindica la expresión “personas viejas”.

Por eso, muchas mujeres logran –cuando se jubilan o quedan sin pareja– reinventar el sentido de su vida. “Cuando entran en la edad jubilatoria, las mujeres no cambian abruptamente de vida, no les resulta extraño volver al hogar. Todo eso hace que la mujer pueda rescatar algunas herramientas como la relación con hijos y nietos, o pueda volver a cocinar, actividad que nunca le fue extraña, tanto en el caso de las que trabajaban como en el de aquellas que nunca trabajaron”, indicó Dabove.

Los datos del Pami indican que en Argentina hay 2892 mayores de 100 años, un 56 por ciento más que en 2001, cuando había 1855. Y de todas esas personas, las mujeres alcanzan el 79 por ciento. Esas mujeres han logrado –según apuntó la especialista– recuperar una y otra vez los estímulos necesarios para que valga la pena estar viva.

Desde una mirada sociológica, Dabove recuerda que “el papel de la mujer está atravesando cambios dialécticos en la historia”. Y rememora, brevemente, cómo se dieron. “En un primer momento ser mujer era sinónimo de ama de casa y reproductora, en la visión occidental clásica. En ese esquema, la mujer obtenía desventajas pero también ventajas. Por un lado, el sometimiento, no tener libertad para elegir otra vida, todo aquello que los movimientos feministas vendrán a cuestionar. Pero en ese modelo, la mujer también tenía beneficios, como la baja exposición al estrés y no tener que lidiar con un doble rol”, indicó la abogada. El segundo momento, que vivió la generación de mujeres de entre 50 y 70 años, para ella es “de transición”. “Claramente, la mujer ocupaba dos roles, porque al varón le resultaba imposible asumir la función en el hogar. En ese segundo grupo se dieron circunstancias de vida de mucho sacrificio para la mujer, que en su afán de liberación, de generarse oportunidades, de elegir y hacerse dueña de su destino, atravesó esta etapa en la que muchas veces el precio es el acortamiento de la vida. Hay datos que muestran un crecimiento de las muertes por infarto en esa generación sandwich”, indicó Dabove.

Con una mirada que elude los blancos y los negros, en busca de matices, Dabove consideró que “la mujer centenaria está inserta en el modelo tradicional, donde el precio que pagaron por la sobrevida fue el sometimiento en el hogar, reducir sus expectativas al hogar”.

El otro punto, para Dabove, tiene que ver con la capacidad de adaptación. “Hay cuestiones ancestrales vinculadas con la construcción de lo femenino. La mujer ha ido desarrollando en mayor medida que los varones la capacidad de generar vínculos con los demás, de salir de su centro”, indicó la investigadora, quien apuntó que estas características, para “las miradas tradicionales está centrado en la maternidad, y para las miradas feministas, en la inteligencia emocional”.

Sin negar la existencia de razones biológicas y culturales para la longevidad de las mujeres, Zarebski prefiere plantearlas, en cambio, en un estilo de vida, en la posibilidad de emprender nuevas actividades, de descentrar las expectativas de vida y tener intereses multicéntricos. “La participación activa, por ejemplo en talleres o grupos, les permite lograr un protagonismo, por un lado, ser protagonistas tanto de actividades sociales y comunitarias como de su propia vida. Son personas que emprenden nuevos proyectos, nuevos estudios, computación, idiomas, actividades expresivas, siguen renovando el sentido de su vida y esa es una condición desde el punto de vista psíquico”, apuntó la doctora en psicología.

Para Zarebski, un punto fundamental es “el armado de redes, estar sostenida en diversos puntos de apoyo, no sólo en la familia, en el trabajo, o en una función intelectual como único bastón, sino tener una diversificación de apoyos que va posibilitando que cuando uno llegue a la vejez pueda armar diversas redes”. Desde el punto de vista de la Psicogerontología, “las personas que participan en actividades comunitarias, grupos y talleres, arman redes, amplían su universo, tienen intereses y actividades, que permiten apoyarse”.

Además, ese tipo de emprendimientos grupales “permite desarrollar vínculos afectivos y nuevos modelos de identificación”. Dado que la mayoría de las asistentes a los grupos y talleres para adultos mayores son mujeres, la Universidad Maimónides decidió abrir grupos específicos para hombres mayores de 60 años. “Les interesa cuando la propuesta está dirigida a ellos con intereses específicos. Estos grupos son de prevención y promoción de salud”, apuntó.

Pero más allá de los esfuerzos para incorporar a los hombres en actividades no productivas que apunten al placer y los vínculos, en la actualidad, son ellas las que están más abiertas a participar en lugares donde puedan desarrollar nuevos vínculos y afectos. “Las mujeres parecerían estar más conectadas con su interioridad, su posibilidad de expresar sus emociones, que le permiten una longevidad más saludable”, apuntó la doctora en Psicología. Claro que esas características tienen una base cultural, vinculada con la educación diferencial genérica, en la cual las mujeres se preparan para cuidar de otros y los hombres, entre otras cosas, para esconder sus emociones. “Sobre esa base cultural se plantean las diferencias individuales. Hay personas más rígidas y otras más flexibles. Las personas flexibles son las que a través de las pérdidas que nos trae el paso del tiempo logran compensarlas con ganancias, elaborar los duelos, y abrirse a nuevos sentidos de su vida”, consideró Zarebski, quien también considera los cambios de roles que se produjeron en los últimos años. “En los hombres se da más que por las características de personalidad, por el estrés. Y eso tiene que ver con que hasta la generación mayor actual fueron hombres los que salían al mundo laboral, con eso y la represión de los afectos”, aclaró.

También para Dabove la flexibilidad, o capacidad de adaptación, es una de las grandes ventajas de la nueva identidad femenina. “En la mujer vieja hay una capacidad de adaptarse a los cambios, de construir o reconstruir, de reflexionar y aportar a los afectos, con una sabiduría y una inteligencia que en los varones no siempre se ve”. Por eso, quedarse sola, sin pareja, para una mujer no significa necesariamente el fin de la vida. “En ese momento, hay muchas habilidades que ya adquirió, a diferencia del varón, como la de autobastecerse en la alimentación, no le resulta raro hacerse la comida, ir al supermercado, pagar los impuestos. He conocido casos de varones mayores que se sienten desolados porque no sabían ir al supermercado, no sabían tomar decisiones en ese ámbito doméstico que los constituía como personas”, relató la abogada. Pero no todo es color de rosas, ni mucho menos, para esas mujeres. “También es cierto que en ese modelo tradicional la mujer ha pagado un alto precio en el sentido de que muchas mujeres con sobrevida han quedado en la calle, al ser el marido el único proveedor, esa mujer tiene que conformarse con una pensión que no le alcanza para vivir. Estamos frente a una mujer de 80, 90 o 100 años que tiene que vivir con un magrísimo ingreso. En ese punto, la mujer desarrolla estrategias para encontrar ayuda en los hijos, en los nietos, y reconstruye de nuevo un lugar de dependencia”, puntualizó.

Desde su centro de estudios, planteó que “el mayor desafío es el fortalecimiento de la autonomía de la persona mayor, encontrar instrumentos jurídicos y políticos que fortalezcan en la mayor medida posible la autonomía de la persona de edad, en particular de las mujeres”.

Por Sonia Tessa.
Pagina 12 (Argentina). 19/2/2010.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-5535-2010-02-19.html